Ciencia o política: ¿cuál manda?

Álvaro Ramis 

Martin Heidegger, en la primera lección de su curso “¿A qué se llama pensar?” desliza una de sus frases más controversiales y objeto de múltiples interpretaciones: “La ciencia no piensa”[1]. Años después el filósofo comentará esos dichos:  “Esta afirmación resulta escandalosa … dejemos a la frase su carácter escandaloso, aun cuando apostillemos inmediatamente que, no obstante, la ciencia tiene que habérselas con el pensar en su propia forma especial”[2].

Sostener que “la ciencia no piensa” puede llevar a escándalo, ya que la ciencia es en sí el acto humano reflexivo por excelencia, el más alto ejercicio del intelecto en sus funciones elucubrativas, explicativas, taxativas, predictivas y evaluativas. La ciencia lleva a la humanidad hacia las fronteras el conocimiento, y nos hace concientes tanto de lo que sabemos, como de lo que ignoramos, con la mayor certidumbre posible, en las condiciones de nuestro actual entender y comprender. Sin embargo, Heidegger sostiene en que la ciencia no piensa. ¿porqué lo hace? 

Lo que parece decir es que la ciencia calcula, razona, describe, taxonomiza, verifica, comprueba, anticipa, deduce e induce. Pero la ciencia no “piensa” en el sentido filosófico del término. En primer lugar, porque las disciplinas científicas no pueden ocuparse de elucidar sus propios conceptos fundamentales. Es decir, la ciencia se basa en conceptos previos, que le van valor y validez, pero que no necesariamente cumplen con lo que el método científico prescribe Eso se ve al estudiar la historia de la ciencia, donde se  constata que no existe un método único, basado en principios inalterables, ni una que regla que no se haya roto, en los procesos de avance científico. Cómo ha señalado el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend, las infracciones al “método científico”, en su versión cartesiana, han sido condición necesaria, y  no accidental, para su avance. La ciencia ha progresado en buena parte por medio de ensayo y error, construyendo “hipótesis ad hoc”[3], que han permitido “llenar” provisoriamente distintos “vacíos de evidencia”, hasta que un nuevo paradigma cientifico, más complejo, sustituye al anterior. 

Por otro lado, a la ciencia no le cabe decidir y ponderar lo que debemos hacer ante sus evidencias y datos. En otras palabras la ciencia puede decirnos cómo dominar la energía atómica. Pero no le cabe decidir si ese conociento se debería utilizar para producir electricidad, en su uso civil, o para construir armas de destrucción masiva. Nos puede dar datos sobre el desarrollo de una pandemia, pero no nos puede ar una receta única sobre la  política sanitaria del país. A quién le cabe analizar el aporte de la ciencia, y tomar una decisión, es a la conciencia de los gibernantes, y en general al conjunto de la sociedad, que puesta ante la evidencia científica, deberá pensar sobre sus efectos y valorar sus consecuencias. A ello lo llamamos “decisión política”.

En ese ámbito se aplica la distinción de Emanuel Kant entre Razón Pura y Razón Práctica. La ciencia habita en la Razón Pura, donde las evidencias y certidumbres son palmarias, claras, distintas y vinculantes. En cambio, lo que Heidegger llama “Pensar” radica en el reino del la Razón Práctica, el enorme y extenso campo de lo “opinable”, donde pueden existir legítimas preferencias y valoraciones de carácter político, religioso, moral, cultural, o espiritual. En ese sentido, y sólo en ese, la ciencia no piensa. Porque no es su papel extraer o ponderar las consecuencias de sus evidencias y experimentos. Pero el científico, en tanto ciudadano del mundo, sí debe pensar. Y la sociedad humana, tiene el deber de pensar. Actualizando la máxima de Heidegger, la ciencia no piensa…pero no se puede pensar sin la ciencia, o en contra de la ciencia. 

La política anticientífica 

Esta distinción es importante en este tiempo de pandemia. Lo que esta circunstancia obliga, especialmente a las autoridades y espacios de decisión pública, es a pensar. Pero ese pensar es un “momento segundo”, que sigue al “momento primero”, que radica en reconocer el dato o la evidencia de la ciencia, e impone actuar en coherencia con la verificación, empirica o analítica, que permite todo pensar posterior. 

Uno de los mayores dramas que vivimos en este tiempo, con su terrible correlato de incremento en las muertes y en los efectos sociales de la pandemia, radica en aquellos gobernantes que han tratado de “pensar” antes de detenerse ante la ciencia. Ya sea Trump, Bolsonaro o Piñera, el patrón recurrente que se observa es el mismo: un intento de pensar la pandemia, desde la idelogía, y más aún,  desde el interés pecuniario, electoral, o personal. Se advierte un tratar de gobernar las cuarentenas desde la conveniencia de las cifras amañadas, los datos ocultos, los cuentas alegres, las fake news, las teorías del complot o los afanes de competencia internacional. Esto es lo que lleva a los desastres que hoy conocemos, y que se podrían haber evitado si las autoridades hubieran pensado cuando se debe y cómo se debe.

La ciencia no prescribe un curso único de acción política o gubernamental ante una emergencia. Pero presenta un abanico acotado de posibildades, que no se pueden soslayar. Por supuesto, le cabe un ámbito específico al deber de pensar. Los gobiernos deben hacerlo para interpretar, decidir, priorizar, reglamentar, prohibir, incentivar o desincentivar a la sociedad. Cabe allí un espacio a las legitimas preferencias ideológicas o convicciones personales. Pero estas funciones no se deben formular antes, ni menos en contra, de lo que la ciencia delimita como marco obligatorio de realidad. Hacerlo es desertar del deber de buscar aquella verdad que nos debemos, y que no puede surgir sin el recurso a la falibilidad de cada una de nuestras hipótesis.

Política sin ciencia: el caso chileno  

Queda claro que ciencia y política deben tener sus ámbitos de acción diferenciados. El punto de fricción opera cuando estos límites se traspasan.En el caso de Estados Unidos, esto se ve cotidianamente, en las abiertas fricciones entre Donald Trump y los especialistas en salud pública. A fines de junio los principales epidemiólogos de Estados Unidos, incluyendo los que trabajan para el propio gobierno, afirmaron ante el Congreso que es necesario hacer más pruebas de coronavirus para detectar la enfermedad, y no menos, como había anunciado pocos días antes el presidente: “Al contrario, vamos a hacer más test, no menos”, sostuvo el director del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas y Alérgicas, Antony Fauci, considerado el principal epidemiólogo del país y miembro del cuerpo de asesores de la Casa Blanca para el combate a la pandemia de coronavirus.

Pero es en Brasil donde la “guerra” abierta entre ciencia y politica se expresa con su máxima crudeza. Llega a niveles absurdos. Jair Bolsonaro se ha negado, desde el comienzo de la pandemia por coronavirus, a usar una mascarilla de protección. Un juez federal ha tenido que determinar que el presidente brasileño deberá pagar una multa de 2.000 reales por cada día que desobedezca las órdenes que tratan de poner límites a la propagación de la pandemia. Esta situaciónse da en el segundo país del mundo en número de contagios, con más de 1,1 millones y donde el número de fallecidos sobrepasa ya la cifra de 52.000.

En Chile todo el manejo gubernamental de la cuarentena ha estado atravesado por el manejo poco riguroso de las cifras, situación que ha involucrado directamente al ministerio de salud y al ministerio de ciencia. La “Batalla de Santiago”, metáfora que guió las decisiones del ex ministro Jaime Mañalich, ocultó un combate mucho más político-electoral y comunicacional, que un esfuerzo técnico consistente. En palabras del académico y máster en Salud Pública de la Universidad de Harvard, Gonzalo Bacigalupe:  “Se asesoraron por investigadores en inteligencia artificial sin calle, sin entender nuestra idiosincrasia. No aprendieron de lo que había sucedido en países con culturas similares -relaciones sociales de mucha cercanía, alta desconfianza en la autoridad, saliendo de crisis políticas y sociales- como Italia y España”.

Este aspecto revela que cuando habla de ciencia, no sólo se debe asumir las prescripciones de las ciencias exactas, como las estadísticas, o de las ciencias de la salud. También las ciencias sociales entregan elementos prescriptivos, en su propio campo de análisis. Carecer de esos elementos termina llevando a afirmaciones tan bochornosas como las que expresó en ex ministro Jaime Mañalisch cuando señaló: ““Hay un sector de Santiago, donde hay un nivel de pobreza y hacinamiento, perdón que lo diga… del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”. 


[1] Heidegger, M. (2005), ¿Qué significa pensar? Trad, de Raúl Gabás Pallas. Madrid:Trotta, p. 19

[2] Heidegger, M. (1980), “Martin Heidegger en diálogo”, en: García de la Huerta L, M. La Técnica y el Estado Moderno. Santiago: Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile.p. 176.  

[3] Feyerabend, P. (1993). Contra el Método. Barcelona: Planeta De-Agostini.