Lo llaman democracia pero… ¿lo es?

En las últimas décadas se constata un enorme incremento de los regímenes formalmente democráticos, representativos y multipartidistas en todo el mundo. Se han en la generalizado las elecciones como el mecanismo legitimador inapelable para acreditar el acceso al poder. Actualmente sólo existen seis monarquías absolutas (Arabia Saudita, Brunei, Catar, Omán, Ciudad del Vaticano y Suazilandia) y siete países con sistemas unipartidistas, de los cuales dos tienen una fundamentación nacionalista (Eritrea y la República Árabe Saharaui Democrática) y cinco se inscriben en la tradición comunista (China, Cuba, Corea del Norte, Laos y Vietnam).

 La gran novedad ha sido la desaparición de las dictaduras militares, que fueron un sistema de gobierno ampliamente extendido durante todo el siglo XX. En la actualidad sólo se puede calificar bajo ese modelo al gobierno de Tailandia, que accedió al poder por un golpe de estado en mayo de 2014. La experiencia del Putsch, encabezado por militares, es un hecho episódico, representando cortos períodos de interregno, motivados por graves conflictos entre poderes del Estado, los que desembocan rápidamente en un nuevo llamado a elecciones generales, tal como se ocurrió luego del sangriento golpe de estado de 2013 en Egipto, donde el general golpista a los pocos meses pasó por las urnas, «democratizando» su legitimidad.

 Pero si descartamos de la lista de 192 Estados miembros de la ONU a los catorce países ya señalados, tampoco no es posible afirmar que los 179 restantes sean «democráticos». Existe una enorme dificultad para definir los límites de la democracia. La mera existencia de elecciones multipartidistas, formalmente apegadas a estándares de integridad electoral, no es un indicador suficiente. John Keane habla de los «nuevos despotismos[1]», como Rusia, Singapur o Turquía, países donde hay elecciones multipartidistas, y los gobiernos tienen el apoyo de la mayoría, aunque es evidente que no hay democracia.

  Esto abre preguntas: ¿la legitimidad de un régimen democrático depende exclusivamente de su apego a los requerimientos especificados en la legislación electoral de cada país? Si no es así, ¿cómo delimitar un criterio internacional, que más allá de los factores técnicos de un proceso electoral, pueda evaluar la naturaleza de los regímenes políticos dentro del contexto de los procesos de democratización, que siempre son cambiantes? Basta advertir que los intentos de «definir la democracia», mediante instrumentos normativos en el derecho internacional, como la «carta democrática» de la OEA, han sido acusados reiteradamente de enmascarar políticas intervencionistas para alterar los asuntos internos de otros Estados, con la intención de torcer su voluntad y obtener la subordinación a algún agente o potencia externa.

 La aparente «democratización del mundo» enfrenta cuestionamientos globales, partiendo por Estados Unidos, donde el millonario como Donald Trump, obteniendo 2,8 millones de votos menos que su rival, y blandiendo la mentira como principal arma política, ha accedido al poder del país más poderoso del mundo. Igualmente la  Encuesta Social Europea (2016) analizando los «Significados y evaluaciones de la democracia» en 24 países, concluye: «En Europa, la democracia es vista por muchos como un valor universal y considerada como el mejor sistema posible para organizar las preferencias de los ciudadanos. Al mismo tiempo, sin embargo, hay grandes preocupaciones sobre la aparente insatisfacción pública con la forma en que la democracia funciona realmente en la mayoría de los países europeos. Las democracias europeas se enfrentan a graves desafíos que podrían socavar la confianza de los ciudadanos y en la capacidad de sus democracias para resolver problemas importantes. Uno de esos grandes desafíos es la globalización y la consecuente erosión del poder de los parlamentos nacionales en favor de las organizaciones supranacionales como la Unión Europea y las corporaciones globales. Otra es la fuerte crisis económica que ha golpeado a las democracias europeas en los últimos años»[2]. En nuestro contexto el informe  Latinobarómetro 2016, que analiza toda Latinoamérica y que se tituló llamativamente «El declive de la democracia», advierte una crisis generalizada ya que los sistemas políticos no logran responder a las aspiraciones sociales: «Las demandas ciudadanas son claramente de inclusión, de igualdad de trato, acceso y desmantelamiento de las desigualdades. Esos son los bienes políticos que le faltan a las democracias para salir del estancamiento en que se encuentran […] Sin guerras, América Latina acusa violencia, corrupción y la desigualdad como los fenómenos más potentes que retienen a la democracia[3]»

El triunfo de la Psefocracia

La sospecha que se ha extendido entre la gente es que la proliferación de elecciones ha sido una excelente oportunidad para torcer el anhelo democrático de los pueblos. La súbita desaparición de las dictaduras militares no ha supuesto una verdadera democratización de las viejas élites golpistas. A más elecciones, parece haber cada vez menos democracia. Ashis Nandy, uno de los intelectuales más respetados de la India, afirma que la democracia actual se ha convertido en una «Psefocracia», un sistema «totalmente dominado por victorias y derrotas electorales», ya que «en el momento en que entras a la oficina, comienzas a pensar en las próximas elecciones[4]». Y para ganar una elección todo vale, porque la democracia es sólo un procedimiento legal que se puede manipular. Mientras se gane legalmente, todo lo demás es superfluo. En la antigua Atenas se votaba con un sistema de piedras, una piedra blanca era si, una negra, no. Piedra en griego se dice psefos. De allí que en una «Psefocracia» existan votos. Pero la existencia de estas «piedras» no significa nada. La democracia no es depositar una piedra o un papel en un lugar. Es ejercer soberanía popular, y esto es lo que se ha perdido.

  Sin explicar todo esto, nada de lo que pasa en Chile se entiende. La crisis de la democracia actual se ha tratado de explicar cómo una crisis de confianza de los representados en sus representantes. Con otros representantes, menos corruptos, tal vez podrían mejorar las cosas. Pero ese argumento oculta el fondo del problema: aunque se elija a la persona más capaz y virtuosa, es muy poco lo que puede hacer si no se sale de los límites de esta Psefocracia.

¿Una Nueva Mayoría 2.0 sin el PC?

En la DC están buscando una manera de legitimar un regreso a la vieja Concertación, lo que supone la expulsión del PC de la coalición. Para eso han instalado la tesis de acordar una Nueva Mayoría 2.0, basada en el principio de la «adhesión a la democracia» de los partidos que la compongan. Criterio pensado para excluir deliberadamente al Partido Comunista. El burdo show del viaje de  Mariana Aylwin a Cuba tuvo esa intención, y seguramente van a seguir explotando esa idea.

   El problema de esta tesis es que es anacrónica, un remedo nostálgico del macarthismo, la ley maldita y la guerra fría. En un contexto de degradación de la democracia a  simple psefocracia, es de una temeraria arrogancia salir a dar cátedra de demócratas a costa de un país como Cuba, que puede dar cuenta de una defensa férrea del principio de soberanía popular, con cincuenta años de resistencia a toda prueba. Cuba no es una democracia multipartidista, pero tampoco es una psefocracia. En tiempos de tanta incerteza conceptual lo que debería primar es el respeto y la autocrítica. Lo que realmente le molesta a los conservadores de la Nueva Mayoría no es Cuba. Lo que les incomoda es que el PC está presente en la cocina de sus acuerdos legislativos e impide, por su propia presencia, resolver materias que en la vieja Concertación se despachaban sin observaciones. Hoy día eso no lo pueden hacer y les pesa.

Profusión de precandidaturas

Simultáneamente nos llenamos de candidatos. El número de precandidatos presidenciales ha explotado. Un conteo rápido arroja el siguiente cuadro. En la derecha compiten oficialmente los dos hermanos Kast, José Antonio y Felipe, Manuel José Ossandón y Sebastián Piñera. Pero si este último tuviera que deponer su candidatura, debido a la acumulación de acusaciones de corrupción, entrarían a disputar su espacio Andrés Allamand, Francisco Chahuán, y Alberto Espina.

 En la Nueva Mayoría se han instalado Carolina Goic como precandidata de la DC, Ricardo Lagos del PPD, Alejandro Guillier del PR, IC y MAS. El PS se encuentra muy complicado ya que no logra definir su candidato. Oficialmente se han presentado José Miguel Insulza y Fernando Atria, pero luego de haber convocado a una consulta interna para dirimir el punto, la comisión política resolvió citar a un comité central para el próximo 1 de abril, en el cual se resolvería si ese mecanismo se mantiene o se desecha. Lo que muestra que no hay acuerdo ni siquiera en el procedimiento para salir del descuerdo. Toma fuerza la estrategia de las élites conservadoras, que ahora postulan que se presenten todas las candidaturas de la Nueva Mayoría en primera vuelta, sin primarias, con la esperanza de cobrar muy caro su apoyo en una segunda vuelta y condicionar a su favor las negociaciones. Por lo cual, Alejandro Guillier, que marca primero en las encuestas, ha declarado: «Si no hay primarias, no voy a primera vuelta, porque se acabaría la Nueva Mayoría». El trasfondo es el traslado del apoyo del «partido del orden», los conservadores concertacionistas, que esperan que Ricardo Lagos baje su candidatura a más tardar en abril, para concentrar su apoyo en Carolina Goic. Y de paso, forzar la exclusión del PC.

  Pero esta profusión de candidaturas se complicará más debido a la crisis de los partidos, que no parece que puedan llegar a cumplir con el obligatorio refichaje de su militancia. Si los partidos no se logran refichar no se podrían realizar las primarias legales, y los candidatos tendrían que buscar firmas por si mismos para avalar su inscripción. Además, si los partidos no poseen ni siquiera la capacidad de avalar candidatos, su rol queda reducido al de clubes de debate o grupos de presión, acrecentando la dinámica de desprestigio que les persigue.

  En el naciente Frente Amplio ya ha oficializado su precandidatura Alberto Mayol, con el apoyo de Nueva Democracia, movimiento que ha surgido al calor de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) y la fundación CREA. En Revolución Democrática han sondeado la disposición de la economista Claudia Sanhueza y de Sebastián Depolo (presidente de RD). Desde de la Izquierda Autónoma se nombra al sociólogo Carlos Ruiz. Más genéricamente existen referencias al rector de la Universidad de Valparaíso Aldo Valle, a la periodista Beatriz Sánchez y a Luis Mesina (coordinador del Movimiento No+AFP). El sindicalista Cristián Cuevas (Nueva Democracia) que «sonó» mucho en los últimos meses, ha clarificado su intención de centrarse en una campaña de diputado por Lota y Coronel. Y fuera del Frente Amplio el Partido País proclamó como su candidato presidencial al senador Alejandro Navarro. Un cuadro que también muestra lo complejo de llegar a acuerdos en el contexto de nuestra Psefocracia.

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[1] Keane, J. «Los nuevos despotismos: imaginando el fin de la democracia». Recerca 19; 2016, p. 137-154.

[2] European Social Survey 2016, p. 3

[3] Latinobarómetro 2016 http://www.latinobarometro.org/latNewsShow.jsp

[4] Nandy, A.(2008) entrevista en Outlook India.

Póker electoral en un verano caliente

2017 ha acelerado la definición de las candidaturas presidenciales, ya bastante anticipadas en 2016 por el debilitamiento político del actual gobierno. En ese contexto, las élites habían impuesto una agenda que buscó presidencializar las discusiones, quitándole a la actual mandataria buena parte de su capacidad de iniciativa política y legislativa. En este plan el horizonte ideal consistía en repetir el escenario de 2009-2010, poniendo a competir a Sebastián Piñera con un expresidente desprestigiado. En este caso, Ricardo Lagos. Sin embargo, la lucha política al interior de la Nueva Mayoría ha impedido el escenario ideal para la derecha, los nostálgicos de la vieja Concertación, y los grandes grupos económicos. La resistencia ha venido de varias fuentes: por un lado, por las candidaturas de Alejandro Guillier y Fernando Atria. Y por otra parte por los intereses de los candidatos al parlamento. Para completar la fotografía del momento revisaremos la coyuntura de acuerdo a cada sector político.

Los nervios de Piñera

A inicios de 2016 Sebastián Piñera se imponía sin contrapesos en su campo natural de adherentes. Pero hoy su liderazgo no parece tan natural: continúan presentes sus competidores internos, José Manuel Ossandón, y los hermanos Felipe y José Antonio Kast. Pero lo que realmente amenaza su viabilidad electoral radica en sus litigios pendientes, en razón de sus conflictos de interés y acusaciones de corrupción. Los casos más gravitantes son los negocios de Bancard en Perú, la investigación a los contratos de las empresas vinculadas a su grupo económico y SQM, y las coimas que habría pagado Piñera, cuando manejaba LAN, para entrar como competidor al mercado aéreo argentino. Estos casos han salido a la luz en medio de las declaraciones de Carlos Pavez, superintendente de Valores y Seguros, que ratificó que el fideicomiso ciego ordenado por Sebastián Piñera cuando llegó a La Moneda no tenía validez, ya que contradecía la normativa legal.

Esta tormenta, con varios frentes abiertos al mismo tiempo, ha cercado a la candidatura de Piñera en un momento sensible. La derecha sabe que ante su “voto duro” todas estas acusaciones no hacen mella. Pero limitan de forma considerable sus posibilidades de crecimiento hacia el centro y hacia el electorado ideológicamente volátil, el más definitorio en una segunda vuelta. Si al frente no existiera una candidatura competitiva todas estas circunstancias no tendrían relevancia. Pero cuando la candidatura de Alejandro Guillier comenzó a subir, estas debilidades comenzaron a ser estructurales. Debido a esto Piñera y su equipo parecen inquietos. Saben que no es lo mismo enfrentar a un debilitado Eduardo Frei, acosado por un Marco Enríquez Ominami en el apogeo de su popularidad, que a un candidato que no proviene del mundo político, sino del campo de las comunicaciones de masas. Algunos analistas han interpretado que Piñera buscaría una excusa para desistir en su candidatura. Se hizo esta lectura a partir de declaraciones radiales donde afirmó: “hasta ahora le puedo decir que mi familia no tiene la misma actitud de apoyo que tuvo en 2009 y para mí es muy importante, si uno quiere ser un buen Presidente, un buen candidato, tener el apoyo de la familia». Aunque es poco probable que a estas alturas Piñera desista en su candidatura, y para RN y la UDI es fundamental tener un candidato competitivo, todo indica que el apoyo partidario no está incólume. La historia de la derecha chilena ya ha mostrado que sometidos a fuertes tensiones, todo puede pasar. Basta recordar las anteriores bajadas súbitas de candidatos: el mismo Piñera en dos ocasiones, y Pablo Longueira y Laurence Golborne en 2013. En Enero de 2017 es muy precipitado descartar a priori el retiro de Sebastián Piñera.

La disputa “a cuchillo” en la Nueva Mayoría

La coalición oficialista enfrenta esta coyuntura de forma inesperada. Hace sólo seis meses el ánimo al interior del conglomerado era absolutamente depresivo. Resignados a una previsible derrota la Nueva Mayoría navegaba a la deriva. El ala más conservadora de la coalición se reagrupaba para cobrar venganza. No con afán de ganar las elecciones de 2017, sino en vistas a copar el próximo Congreso, abandonando el ejecutivo a la derecha. Para ese fin la candidatura de Ricardo Lagos parecía inmejorable. El expresidente lograba aunar a las élites nostálgicas de la Concertación, bajo un partido transversal que iba desde Andrés Velasco y los príncipes de la DC, a la derecha, el PPD en pleno, hasta personajes influyentes en todos los demás partidos de la NM. La máquina laguista parecía imparable, apalancada por El Mercurio y La Tercera, Radio Cooperativa, el entramado parlamentario y altos funcionarios del actual gobierno.

Sin embargo, pasó algo inesperado En primer lugar Izquierda Socialista, corriente interna del PS, levantó la candidatura de Fernando Atria. Un académico de enorme prestigio en los círculos universitarios, pero desconocido en las esferas políticas masivas, lo que le resta competitividad. Sin embargo, el mérito de su candidatura ha sido imponer dentro de su partido un debate programático y de ideas, donde ha sido implacable en la exigencia de recuperar los énfasis de la agenda de los movimientos sociales y la necesidad de una asamblea constituyente. Además,  aliándose de forma táctica a la candidatura de José Miguel Insulza, Atria impidió que el PS proclamara “por secretaría” a Ricardo Lagos, saltándose una definición democrática en ese partido. El laguismo además cometió errores de grueso calibre: especialmente al presionar a la presidenta del PS Isabel Allende a bajar su candidatura de forma precipitada y casi humillante.

Además ha ocurrido la irrupción, no advertida por las élites concertacionistas, de la candidatura de Alejandro Guillier. El “factor Guillier” recién fue posible de advertir en marzo de 2016, cuando el nombre del periodista fue el ganador en un ejercicio electrónico llamado “Electoral Death Match” donde posibles candidatos presidenciales fueron propuestos y votados vía twitter. Este dato, que no apareció en prensa, fue captado por quienes se resistían a la imposición, casi inevitable, de Ricardo Lagos como candidato de la NM y llevaron a sondear su disposición a una aventura electoral presidencial. Resistente al inicio, Guillier se fue entusiasmando a medida en que las encuestas fueron replicando el fenómeno de “Electoral Death Match”, que le mostró como el candidato más competitivo del momento. El significado político de esta candidatura hoy es un elemento en disputa. Guillier fue invitado en 2013 a ser candidato a Senador por Antofagasta en un cupo del Partido Radical. Pero nunca ha accedido a militar en este partido, a pesar de las presiones que le ha impuesto el radicalismo en diferentes momentos. Se espera su proclamación en marzo por a IC y e MAS. Entre otros factores, porque Guillier sabe que posee un “nombre propio” que le confiere poder, y además porque ese partido podría negociar su nombre y bajar su candidatura a cambio de una buena compensación en la negociación parlamentaria. Los juicios sobre la candidatura de Guillier exigirán más análisis en la medida en que avance en sus definiciones programáticas. Hasta el momento lo gravitante es su efecto político general, ya que devolvió a la NM un cierto ánimo de continuidad y orden, ya que disipó el liquidacionismo imperante hasta octubre de 2016.

El significado de la persistencia de Lagos

En una coalición predominantemente electoralista parece paradojal la persistencia de candidaturas que no poseen ninguna elegibilidad. En particular la candidatura de Ricardo Lagos. Lo lógico, especialmente en el PPD, el partido más “instrumental” de todos, es que todos se hubieran subido rápidamente al carro de la popularidad de Alejandro Guillier. Pero es necesario recordar que la definición presidencial está amarrada a otras negociaciones, quizás más complejas y duras que la presidencia. Las parlamentarias y regionales de 2017 han desatado al interior de la NM una tensión que no tiene precedentes. El único antecedente que revela el grado de tensión en la disputa fueron las negociaciones municipales del 2016, que concluyeron en el más bochornoso desastre. Por este motivo el PPD, al que todos los analistas ven como el más amenazado electoralmente en esta oportunidad, proclamó oficialmente a Lagos, ya que le requiere un “as” estratégico en la negociación parlamentaria. Altos dirigentes de ese partido han reconocido que Lagos estuvo dispuesto a deponer su candidatura cuando advirtió que no marcaba en las encuestas. Sin embargo, su partido le impuso mantenerse hasta las primarias, ya que al quedar sin su nombre sería muy difícil para el PPD negociar en el complejo póker de los cupos parlamentarios, especialmente por estar en una posición de gran debilidad.  La candidatura de Insulza se debe interpretar en la misma línea, como un instrumento en la negociación de cupos parlamentarios para sus allegados. La DC se encuentra en una situación muy similar, ya que logró imponerse la tesis de mantenerse en la NM, pero en el ánimo de cobrar muy caro esta presencia mediante acceso a cupos al Congreso. Y el principal damnificado de esta operación sería el PPD. Para este juego la DC busca levantar la candidatura de Carolina Goic de manera que agrupe sus huestes, diferenciándose de sus socios de coalición. Al menos hasta las primarias de julio.

El Frente Amplio en busca de definición

El naciente Frente Amplio de Izquierda hoy ya aparece en escena, pero articulado en tres anillos de alianzas: en un primer círculo estarían Revolución Democrática (RD), Movimiento Autonomista (MA), Izquierda Libertaria (IL), y Nueva Democracia (ND) que han consolidado una perspectiva estratégica común, a largo plazo. Luego un campo de acuerdos más ligero, donde están Partido Poder, Partido Humanista (PH), Izquierda Autónoma (IA), Partido Ecologista Verde, Partido Liberal y Convergencia de Izquierda (CI). Y en el debate interno del Frente se discute la relación con el nuevo Partido Amplio Social de Izquierda (PAIS), liderado por el senador Alejandro Navarro, y el Partido Igualdad. Esta búsqueda de definición de sus límites retrasa la definición del mecanismo de elección de su candidatura presidencial. El Frente Amplio ha expresado su voluntad inequívoca de competir en este campo, pero hasta ahora, más allá de posibles precandidatos, no ha dado a conocer el medio que utilizará para resolver este punto. Un asunto urgente, pero que no debería hacer olvidar que lo verdaderamente importante en esta etapa se jugará en las elecciones parlamentarias, donde a Jackson y Boric se deberían sumar un número significativo de nuevos parlamentarios que asuman compromisos transformadores con Chile.

 

El Mercurio y sus dos candidatos

Faltando año y medio para las elecciones El Mercurio ya ha presentado a sus dos candidatos presidenciales. En esta ocasión el diario de Agustín Edwards divide los afectos entre dos ex presidentes, a los que ha entrevistado ampliamente en sus últimas ediciones dominicales, convocándolos para hablar del futuro. Sebastián Piñera y Ricardo Lagos han sido objeto de dos cuidadas entrevistas, delicadamente producidas, personalizadas y diseñadas con el único fin de confirmar sus nombres en la carrera electoral. Las dos notas mercuriales se dulcificaron y condimentaron con las más enternecedoras fantasías de los candidatos con el fin de presentar el fluorescente porvenir que prometen a los electores. Ninguna referencia al presente, ni definiciones sobre los conflictos en curso o a las tensiones de la actualidad. Y por supuesto, ninguna referencia al pasado, a las herencias envenenadas que el país arrastra como herencia directa de sus dos gobiernos.

La pregunta es ¿por qué El Mercurio tiene dos candidatos? ¿porqué necesita repartir su cariño? Esta interrogante revela que ambas candidaturas poseen mucho en común, pero también diferencias que lejos de disociarles les permiten representar la compleja estructura del capitalismo chileno. Piñera y Lagos comparten sentidos comunes, pero con diferencias menores que les distancian. No son diferencias de fondo, o diferencias políticas, como sus “militancias” parecieran representar. Al contrario lo que distingue a Lagos y Piñera es el tipo de interés empresarial al que defienden.

La metáfora de esta distinción se aprecia en las obras que ambos levantaron en el frontis de La Moneda, por el costado de la Alameda. Piñera instaló allí un enorme mástil para que flameara una bandera monumental. Lejos de  expresar la identidad chilena, Piñera quiso dar una señal a sus bases de apoyo: el capital de base nacional en expansión internacional. Un símbolo para vieja derecha económica criolla, apalancada por el Estado, que sale a conquistar el mundo. En cambio Ricardo Lagos quiso inmortalizar su nombre por medio del Centro Cultural La Moneda, en cuya puerta gravó una frase de su autoría: “Aquí Chile se abre a conocer y a enriquecerse con otras culturas”. Pero más que abrirse “a las culturas”, su gobierno fue un momento de total apertura a los capitales transnacionales, que apoyandos por el Estado chileno, disfrutaron de enormes ventajas para enriquecerse en este país.

Capital nacional en flujo de salida versus capital internacional en flujo de llegada

Piñera y Lagos frente a frente. Piñera como abanderado de un empresariado que habiendo generado su acumulación originaria en Chile, sale ahora a conquistar el mundo. Lagos, en cambio, portero de un Estado que recibe a las concesionarias de carretaras, de constructoras españolas, sanitarias francesas,  Endesa, Telefónica, y las mineras, Barrick Gold, Escondida, Angloamérican, las que a cambio de un modesto y casi simbólico Royalty se les aseguró una invariabilidad tributaria hasta 2017.

La bandera de Piñera, que flamea en la Alameda representa la subordinación total de La Moneda al capital nacional. Para ellos se colocó alfombra roja y todas las depedencias del gobierno se transformaron en oficinas de promoción de negocios, en el mercado interno y en el mercado externo, por medio de una Cancillería reducida a una oficina comercial. Pero hay que recordar que a los inversionistas extranjeros no siempre les abrió de la misma forma la puerta. Piñera cambió el régimen tributario a las mineras luego del terremoto de 2010, y se atrevió a quitarle la aprobación a la termoeléctrica Barracones de la multinaconal franco-belga Suez Energy. Son variados los casos en los que no priorizó los intereses de los capitales foráneos por afanes de ganar popularidad o para proteger algún interés empresarial local.

El Centro Cultural de Ricardo Lagos refleja lo inverso. La Moneda también abierta, pero ante todo para un flujo de capital internacional globalizado al que se le garantizó las mejores condiciones de seguridad jurídica y bajos niveles tributarios, para lograr la más rápida rentabilidad. Especialmente ilustrativo resulta recordar la firma del TLC con Estados Unidos por su sentido geopolítico de alianza y vinculación estratégica y garantía para las inversiones norteamericanas. En su período se reorientó el gasto social para redestinarlo a subsidios en manos de oferentes privados a los que se concesionó la gestión de lo que eran antiguamente servicios públicos: en educación superior por medio del CAE y el mercado de las agencias acreditadoras, en la educación inicial por medio de las subvenciones, en transporte con el TranSantiago y las concesionarias de carreteras, en salud por el AUGE y en pensiones reforzando las AFP, permitiéndoles sacar sus utilidades del país e instaurando los “multifondos” con el engaño de la libre elección. Por medio de este diseño surge un capitalismo de servicios, orientado al capital transnacional que vive parasitando de los subsidios estatales.

Esta puerta ancha al capital externo queda reflejada por Francisco Fernández[1], ex Fiscal Económico nombrado por Lagos, que en febrero afirmó que el expresidente «fue permisivo en torno a las presiones que ejercieron los grandes consorcios transnacionales, particularmente, los de matriz española y que me tocó vivir y sufrir como Fiscal Nacional Económico», ya que que «hubo gente en su Gobierno que jugó un papel disfuncional a los roles de fiscalización del mercado, por eso terminé renunciando (…) era un juego de contradicciones insalvables, entre quienes queríamos que imperara la competencia, sin posiciones de predominio por parte de algunas empresas poderosas y, otros, que estaban en el juego de esas empresas muy pudientes». De allí que Fernández concluya que Lagos: “tiene compromisos muy serios con el poder económico y se necesita inspirar confianza en la independencia de los representantes políticos y esa independencia no está asegurada respecto de quiénes han favorecido en el pasado los intereses económicos que encarnan las empresas. Ricardo Lagos ha servido a los intereses de los empresarios, queda fuera de toda duda”.

Ambas formas de capital necesitan del Estado

Para El Mercurio es imposible escoger entre sus dos amores porque ambos se necesitan. A la vez los dos sectores necesitan controlar el Estado para conseguir un marco legal que les permita eludir la competencia y obtener toda clase de subsidios públicos. Ello no quiere decir que no exista pugna soterrada entre ellos. El capital que apoya a Piñera, con base en Chile, es mucho más conservador en materia cultural y en temas de la contingencia política interna. Su riqueza tiene como origen inmediato un proceso de acumulación por desposesión, logrado a través de las privatizaciones fraudulentas de las empresas monopólicas en dictadura. De allí su férreo pinochetismo a muerte. En cambio las transnacionales que apoyan a Lagos son mucho más “progresistas” en materia de política interna y en asuntos “culturales”. Al fin y al cabo se trata de empresas que tienen sus sedes matrices en Estados Unidos y Europa,  conducidas bajo la lógica de la racionalización estricta de las inversiones, por ejecutivos que ven a  Pinochet como una lejana anécdota histórica. Su vínculo con Chile es posterior a 1990. No es extraño que estas empresas financien generosamente iniciativas culturales, teatrales, artísticas y sociales, incluso de carácter crítico y contestatario.  Simplemente es parte de lo que las transnacionales asumen como sus programas de Responsabilidad Social Empresarial. Pero si se despejan estas variables, ambos tipos de capital aparecen como las dos caras de una misma moneda, capaces de convivir en armonía en un contexto de crecimiento, pero en pugna feroz en tiempos de estrechez y contracción, como los que vivimos ahora.

 

[1] “ExPdte. Ricardo Lagos: El mayor lobbista del capital español en Chile”, en ElMuro.cl Martes 16 de febrero de 2016