Piñera y la banalización de la corrupción

La dispersión de las numerosas candidaturas presidenciales ha situado al candidato de la derecha tradicional, Sebastián Piñera, en una posición muy ventajosa de cara a las elecciones de este año. Frente a fuerzas políticas, hasta ahora desarticuladas y enfrentadas, Piñera logra concitar el apoyo de su base dura, sosteniéndose en el cómodo respaldo que le brindan los grandes medios de comunicación, la gran mayoría de las empresas encuestadoras, financiadas por su propio sector político, y los dos grandes partidos de la derecha, que parecen muy disciplinados tras su candidatura.

 La inevitable pregunta que deja su candidatura radica en la forma cómo razonan éticamente de sus adherentes. ¿Cómo es posible adherir, votar y sostener a un candidato que presenta antecedentes de corrupción tan graves como los de Piñera? El prontuario acumulado por el ex presidente se podría resumir en tres etapas, antecedentes que conviene revisar antes de responder este cuestionamiento.

  La primera fase en la carrera de Piñera se deba analizar como una etapa de acumulación por desposesión, anterior a sus incursiones políticas, y abarca toda la construcción de su fortuna, especialmente por medio del negocio de las tarjetas de crédito. Esta actividad nunca hubiera sido posible si no hubiera desempeñado anteriormente como gerente general del Bando de Talca, proceso en el cual logra un base financiera para sus operaciones posteriores. Recordemos que  partir de la asesora Infinco, de su propiedad, Piñera se auto otorgó millonarios prestamos que luego, reinvirtiéndolos en el mismo banco, lograron capitalizar de forma ficticia a esa entidad. Se calcula, que el capital y las reservas del banco de Talca llegaban en ese momento a unos 40 millones de dólares, mientras que los préstamos a Piñera fueron muy superiores a esas cifras. Por este motivo el banco quebró y se dictó una orden de detención en su contra. Pero entonces la ministra de justicia de la dictadura Mónica Madariaga, intercedió por él a su ante el ministro de la Corte Suprema Luis Correa Bulo. De esa forma dejó de estar prófugo de la justicia y se reinsertó en el mercado,  asociándose a Bancard, una empresa que empieza a introducir en Chile el sistema de tarjetas de crédito.

  En la actualidad el número de tarjetas de crédito en Chile es muy superior al resto de países de América Latina. En promedio los adultos chilenos tienen tres tarjetas por persona, por lo cual hoy hay más tarjetas que número de habitantes. Y 4 millones 200 mil personas viven con morosidad en este sistema, que se basa en asociar la tasa de interés al riesgo del cliente, es decir,  mientras un cliente es más riesgoso, se le castiga con una tasa de interés superior, mientras que a un cliente adinerado, se le concede una tasa de interés inferior. Piñera fue exitoso en este campo porque fue el pionero en crear una tarjeta de crédito para los segmentos económicos bajos, desarrollando la desaparecida tarjeta Magna, que en 1993 vendió al Banco Santander, que la redefinió bajo la marca Benefe.

  La segunda etapa de la carrera de Piñera le permite consolidar su fortuna y expandirla. Para ello se activa en la política, siendo elegido senador en 1989. Aunque tanteó incorporarse al partido de su padre, el DC José Piñera Carvallo, vislumbra mayores posibilidades en Renovación Nacional, ya que su participación electoral le va a permitir consolidar sus inversiones en sectores claves y políticamente sensibles. Adquiere una participación importante de LAN, de Chilevisión, Colo Colo, Farmacias Ahumada, SQM sólo por nombrar algunas empresas que tienen en común un factor en común: la necesidad de  contar con resguardos, información y apoyos políticos para lograr su expansión y evitar la sanción judicial. Sin esta trenza entre política y negocios le hubiera sido imposible consolidar sus ganancias y evadir la justicia.

  La tercera fase de vida de Piñera es su paso por  La Moneda, proceso donde la vorágine de relaciones entre los negocios y la política llegó a un nivel mucho más sofisticado y complejo, gracias a los mecanismos ideados para evadir el fideicomiso ciego al que formalmente se había adherido, ya que sus inversiones en el extranjero quedaron fuera de este mecanismo. De esa forma hoy sabemos de los negocios de Piñera en Perú, siendo Presidente y en medio del fallo de La Haya. Comentando la historia del candidato, el economista Eduardo Engel llega a una conclusión lapidaria: “Basado en un sinnúmero de anécdotas, me atrevo a especular que el problema de fondo por el cual Sebastián Piñera nunca tomará la distancia debida de sus intereses financieros tiene que ver con su naturaleza. Necesita de la adrenalina que generan las inversiones riesgosas, de la recompensa que siente al ser exitoso en una apuesta financiera. Al igual que en la fábula del escorpión y la tortuga, Piñera sabe que debiera invertir todo su patrimonio en un fideicomiso diversificado para resolver de una vez por todas su talón de Aquiles en materia política. Pero su naturaleza no le permite hacerlo y entonces solo cabe esperar por dónde va a saltar la liebre[1]«.

La corrupción trivial

A pesar que los grandes medios de comunicación no suelen tematizar estos aspectos, la ciudadanía hoy conoce de sobra la profunda vinculación que Piñera establece entre sus negocios y la actividad política. Hasta el más desinformado capta que su identidad biográfica radica fundamentalmente en este vínculo espurio, donde el interés público siempre cede ante sus intereses pecuniarios. En un país sano, este verdadero prontuario debería ser suficiente como para descalificar a un político que aspira a cualquier tipo de cargo público. Sin embargo la hipótesis de un regreso de Piñera muestra que a un porcentaje relevante del país este situación no le merece un reproche descalificatorio. ¿Qué ocurre en la mentalidad de esa gente?

  Para analizarlo vale la pena volver a leer “Eichmann en Jerusalén”, de  Hanna Arendt. En este texto, escrito en 1963, la filósofa judía-alemana comenta el juicio al nazi Adolf Eichmann, encargado de idear el sistema de transporte ferroviario a los campos de concentración en Polonia. Para escándalo de la opinión pública de Israel, Arendt afirmó que Eichmann no poseía una trayectoria o una mentalidad antisemita y ni tampoco una persona perversa o patológica. Simplemente era un burócrata que cumplió órdenes sin analizar sus consecuencias. Por eso Arendt utiliza la idea de la “banalidad del mal”, que expresa la tivialización de la conciencia en aquellos individuos que actuando dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, parecen incapaces de reflexionar sobre el carácter ético de sus actos.

  En nuestro caso, Piñera ha generado una forma de “banalización de la corrupción”, ya que ha naturalizado un modo de actuar que para sus seguidores no es más que asumir las “reglas del juego”. Esas reglas prescriben perentoriamente que quienes no se adaptan a las leyes del mercado perecen. En cambio, quienes adaptan el mercado a su voluntad, logran sobrevivir y ganar. En esto radica la trivialización: en considerar que todo lo que se critica a Piñera no tiene importancia, trascendencia o relevancia. Es un ruido en el paisaje.

El modelo de argumentación piñerista radica en explotar esta mentalidad. En una entrevista a Francisco Leturia, un asesor de Piñera, se le pregunta: “¿El hecho de ser un candidato imputado, debilita comunicacionalmente a Piñera?” Y su respuesta es de antología:

“Estar imputado, básicamente, no significa nada, no es nada importante, sobre todo cuando hay una querella. Estar imputado te da derecho a que se presuma la inocencia y a defenderte, entonces no hay nada anómalo en tener esta condición: no es lo mismo que estar procesado, acusado, etc. Definitivamente no es tan espectacular o rimbombante como a veces en la prensa pareciera que fuera” […] ¿Usted le quita el peso a la situación judicial de Piñera?

Es que el perfil de Piñera no cambia, no hay nada nuevo y él nunca ha construido su imagen sobre una base de una persona que no esté vinculada a procesos judiciales;  nada se derrumba con estas acusaciones, al revés, lo que se ha derrumbado durante los últimos tres años es la imagen de los demás políticos. A Piñera le han pegado tanto durante veinte años que la gente no vota por él por entusiasmo o ilusión; la gente no se engaña por Piñera, saben cómo es y votan por él porque, considerando lo que ha pasado, creen que es el adecuado para echar a andar un país[2]”.

 Este comentario recuerda inevitablemente una famosa frase de Donald Trump, siendo candidato: “Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez han visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”. Piñera podría decir algo parecido. “Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez han visto algo así? Podría pararme en mitad de la Alameda y reconocer todos mis actos de corrupción y no perdería votantes”. Lamentablemente, tanto Trump como Piñera tienen en este punto toda la razón.

[1] http://www.latercera.com/voces/las-liebres-pinera/

[2] http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2017/03/26/francisco-leturia-y-la-redencion-de-pinera-davalos-jovino-y-penta-compensan-todos-sus-pecados/

Póker electoral en un verano caliente

2017 ha acelerado la definición de las candidaturas presidenciales, ya bastante anticipadas en 2016 por el debilitamiento político del actual gobierno. En ese contexto, las élites habían impuesto una agenda que buscó presidencializar las discusiones, quitándole a la actual mandataria buena parte de su capacidad de iniciativa política y legislativa. En este plan el horizonte ideal consistía en repetir el escenario de 2009-2010, poniendo a competir a Sebastián Piñera con un expresidente desprestigiado. En este caso, Ricardo Lagos. Sin embargo, la lucha política al interior de la Nueva Mayoría ha impedido el escenario ideal para la derecha, los nostálgicos de la vieja Concertación, y los grandes grupos económicos. La resistencia ha venido de varias fuentes: por un lado, por las candidaturas de Alejandro Guillier y Fernando Atria. Y por otra parte por los intereses de los candidatos al parlamento. Para completar la fotografía del momento revisaremos la coyuntura de acuerdo a cada sector político.

Los nervios de Piñera

A inicios de 2016 Sebastián Piñera se imponía sin contrapesos en su campo natural de adherentes. Pero hoy su liderazgo no parece tan natural: continúan presentes sus competidores internos, José Manuel Ossandón, y los hermanos Felipe y José Antonio Kast. Pero lo que realmente amenaza su viabilidad electoral radica en sus litigios pendientes, en razón de sus conflictos de interés y acusaciones de corrupción. Los casos más gravitantes son los negocios de Bancard en Perú, la investigación a los contratos de las empresas vinculadas a su grupo económico y SQM, y las coimas que habría pagado Piñera, cuando manejaba LAN, para entrar como competidor al mercado aéreo argentino. Estos casos han salido a la luz en medio de las declaraciones de Carlos Pavez, superintendente de Valores y Seguros, que ratificó que el fideicomiso ciego ordenado por Sebastián Piñera cuando llegó a La Moneda no tenía validez, ya que contradecía la normativa legal.

Esta tormenta, con varios frentes abiertos al mismo tiempo, ha cercado a la candidatura de Piñera en un momento sensible. La derecha sabe que ante su “voto duro” todas estas acusaciones no hacen mella. Pero limitan de forma considerable sus posibilidades de crecimiento hacia el centro y hacia el electorado ideológicamente volátil, el más definitorio en una segunda vuelta. Si al frente no existiera una candidatura competitiva todas estas circunstancias no tendrían relevancia. Pero cuando la candidatura de Alejandro Guillier comenzó a subir, estas debilidades comenzaron a ser estructurales. Debido a esto Piñera y su equipo parecen inquietos. Saben que no es lo mismo enfrentar a un debilitado Eduardo Frei, acosado por un Marco Enríquez Ominami en el apogeo de su popularidad, que a un candidato que no proviene del mundo político, sino del campo de las comunicaciones de masas. Algunos analistas han interpretado que Piñera buscaría una excusa para desistir en su candidatura. Se hizo esta lectura a partir de declaraciones radiales donde afirmó: “hasta ahora le puedo decir que mi familia no tiene la misma actitud de apoyo que tuvo en 2009 y para mí es muy importante, si uno quiere ser un buen Presidente, un buen candidato, tener el apoyo de la familia». Aunque es poco probable que a estas alturas Piñera desista en su candidatura, y para RN y la UDI es fundamental tener un candidato competitivo, todo indica que el apoyo partidario no está incólume. La historia de la derecha chilena ya ha mostrado que sometidos a fuertes tensiones, todo puede pasar. Basta recordar las anteriores bajadas súbitas de candidatos: el mismo Piñera en dos ocasiones, y Pablo Longueira y Laurence Golborne en 2013. En Enero de 2017 es muy precipitado descartar a priori el retiro de Sebastián Piñera.

La disputa “a cuchillo” en la Nueva Mayoría

La coalición oficialista enfrenta esta coyuntura de forma inesperada. Hace sólo seis meses el ánimo al interior del conglomerado era absolutamente depresivo. Resignados a una previsible derrota la Nueva Mayoría navegaba a la deriva. El ala más conservadora de la coalición se reagrupaba para cobrar venganza. No con afán de ganar las elecciones de 2017, sino en vistas a copar el próximo Congreso, abandonando el ejecutivo a la derecha. Para ese fin la candidatura de Ricardo Lagos parecía inmejorable. El expresidente lograba aunar a las élites nostálgicas de la Concertación, bajo un partido transversal que iba desde Andrés Velasco y los príncipes de la DC, a la derecha, el PPD en pleno, hasta personajes influyentes en todos los demás partidos de la NM. La máquina laguista parecía imparable, apalancada por El Mercurio y La Tercera, Radio Cooperativa, el entramado parlamentario y altos funcionarios del actual gobierno.

Sin embargo, pasó algo inesperado En primer lugar Izquierda Socialista, corriente interna del PS, levantó la candidatura de Fernando Atria. Un académico de enorme prestigio en los círculos universitarios, pero desconocido en las esferas políticas masivas, lo que le resta competitividad. Sin embargo, el mérito de su candidatura ha sido imponer dentro de su partido un debate programático y de ideas, donde ha sido implacable en la exigencia de recuperar los énfasis de la agenda de los movimientos sociales y la necesidad de una asamblea constituyente. Además,  aliándose de forma táctica a la candidatura de José Miguel Insulza, Atria impidió que el PS proclamara “por secretaría” a Ricardo Lagos, saltándose una definición democrática en ese partido. El laguismo además cometió errores de grueso calibre: especialmente al presionar a la presidenta del PS Isabel Allende a bajar su candidatura de forma precipitada y casi humillante.

Además ha ocurrido la irrupción, no advertida por las élites concertacionistas, de la candidatura de Alejandro Guillier. El “factor Guillier” recién fue posible de advertir en marzo de 2016, cuando el nombre del periodista fue el ganador en un ejercicio electrónico llamado “Electoral Death Match” donde posibles candidatos presidenciales fueron propuestos y votados vía twitter. Este dato, que no apareció en prensa, fue captado por quienes se resistían a la imposición, casi inevitable, de Ricardo Lagos como candidato de la NM y llevaron a sondear su disposición a una aventura electoral presidencial. Resistente al inicio, Guillier se fue entusiasmando a medida en que las encuestas fueron replicando el fenómeno de “Electoral Death Match”, que le mostró como el candidato más competitivo del momento. El significado político de esta candidatura hoy es un elemento en disputa. Guillier fue invitado en 2013 a ser candidato a Senador por Antofagasta en un cupo del Partido Radical. Pero nunca ha accedido a militar en este partido, a pesar de las presiones que le ha impuesto el radicalismo en diferentes momentos. Se espera su proclamación en marzo por a IC y e MAS. Entre otros factores, porque Guillier sabe que posee un “nombre propio” que le confiere poder, y además porque ese partido podría negociar su nombre y bajar su candidatura a cambio de una buena compensación en la negociación parlamentaria. Los juicios sobre la candidatura de Guillier exigirán más análisis en la medida en que avance en sus definiciones programáticas. Hasta el momento lo gravitante es su efecto político general, ya que devolvió a la NM un cierto ánimo de continuidad y orden, ya que disipó el liquidacionismo imperante hasta octubre de 2016.

El significado de la persistencia de Lagos

En una coalición predominantemente electoralista parece paradojal la persistencia de candidaturas que no poseen ninguna elegibilidad. En particular la candidatura de Ricardo Lagos. Lo lógico, especialmente en el PPD, el partido más “instrumental” de todos, es que todos se hubieran subido rápidamente al carro de la popularidad de Alejandro Guillier. Pero es necesario recordar que la definición presidencial está amarrada a otras negociaciones, quizás más complejas y duras que la presidencia. Las parlamentarias y regionales de 2017 han desatado al interior de la NM una tensión que no tiene precedentes. El único antecedente que revela el grado de tensión en la disputa fueron las negociaciones municipales del 2016, que concluyeron en el más bochornoso desastre. Por este motivo el PPD, al que todos los analistas ven como el más amenazado electoralmente en esta oportunidad, proclamó oficialmente a Lagos, ya que le requiere un “as” estratégico en la negociación parlamentaria. Altos dirigentes de ese partido han reconocido que Lagos estuvo dispuesto a deponer su candidatura cuando advirtió que no marcaba en las encuestas. Sin embargo, su partido le impuso mantenerse hasta las primarias, ya que al quedar sin su nombre sería muy difícil para el PPD negociar en el complejo póker de los cupos parlamentarios, especialmente por estar en una posición de gran debilidad.  La candidatura de Insulza se debe interpretar en la misma línea, como un instrumento en la negociación de cupos parlamentarios para sus allegados. La DC se encuentra en una situación muy similar, ya que logró imponerse la tesis de mantenerse en la NM, pero en el ánimo de cobrar muy caro esta presencia mediante acceso a cupos al Congreso. Y el principal damnificado de esta operación sería el PPD. Para este juego la DC busca levantar la candidatura de Carolina Goic de manera que agrupe sus huestes, diferenciándose de sus socios de coalición. Al menos hasta las primarias de julio.

El Frente Amplio en busca de definición

El naciente Frente Amplio de Izquierda hoy ya aparece en escena, pero articulado en tres anillos de alianzas: en un primer círculo estarían Revolución Democrática (RD), Movimiento Autonomista (MA), Izquierda Libertaria (IL), y Nueva Democracia (ND) que han consolidado una perspectiva estratégica común, a largo plazo. Luego un campo de acuerdos más ligero, donde están Partido Poder, Partido Humanista (PH), Izquierda Autónoma (IA), Partido Ecologista Verde, Partido Liberal y Convergencia de Izquierda (CI). Y en el debate interno del Frente se discute la relación con el nuevo Partido Amplio Social de Izquierda (PAIS), liderado por el senador Alejandro Navarro, y el Partido Igualdad. Esta búsqueda de definición de sus límites retrasa la definición del mecanismo de elección de su candidatura presidencial. El Frente Amplio ha expresado su voluntad inequívoca de competir en este campo, pero hasta ahora, más allá de posibles precandidatos, no ha dado a conocer el medio que utilizará para resolver este punto. Un asunto urgente, pero que no debería hacer olvidar que lo verdaderamente importante en esta etapa se jugará en las elecciones parlamentarias, donde a Jackson y Boric se deberían sumar un número significativo de nuevos parlamentarios que asuman compromisos transformadores con Chile.

 

El Mercurio y sus dos candidatos

Faltando año y medio para las elecciones El Mercurio ya ha presentado a sus dos candidatos presidenciales. En esta ocasión el diario de Agustín Edwards divide los afectos entre dos ex presidentes, a los que ha entrevistado ampliamente en sus últimas ediciones dominicales, convocándolos para hablar del futuro. Sebastián Piñera y Ricardo Lagos han sido objeto de dos cuidadas entrevistas, delicadamente producidas, personalizadas y diseñadas con el único fin de confirmar sus nombres en la carrera electoral. Las dos notas mercuriales se dulcificaron y condimentaron con las más enternecedoras fantasías de los candidatos con el fin de presentar el fluorescente porvenir que prometen a los electores. Ninguna referencia al presente, ni definiciones sobre los conflictos en curso o a las tensiones de la actualidad. Y por supuesto, ninguna referencia al pasado, a las herencias envenenadas que el país arrastra como herencia directa de sus dos gobiernos.

La pregunta es ¿por qué El Mercurio tiene dos candidatos? ¿porqué necesita repartir su cariño? Esta interrogante revela que ambas candidaturas poseen mucho en común, pero también diferencias que lejos de disociarles les permiten representar la compleja estructura del capitalismo chileno. Piñera y Lagos comparten sentidos comunes, pero con diferencias menores que les distancian. No son diferencias de fondo, o diferencias políticas, como sus “militancias” parecieran representar. Al contrario lo que distingue a Lagos y Piñera es el tipo de interés empresarial al que defienden.

La metáfora de esta distinción se aprecia en las obras que ambos levantaron en el frontis de La Moneda, por el costado de la Alameda. Piñera instaló allí un enorme mástil para que flameara una bandera monumental. Lejos de  expresar la identidad chilena, Piñera quiso dar una señal a sus bases de apoyo: el capital de base nacional en expansión internacional. Un símbolo para vieja derecha económica criolla, apalancada por el Estado, que sale a conquistar el mundo. En cambio Ricardo Lagos quiso inmortalizar su nombre por medio del Centro Cultural La Moneda, en cuya puerta gravó una frase de su autoría: “Aquí Chile se abre a conocer y a enriquecerse con otras culturas”. Pero más que abrirse “a las culturas”, su gobierno fue un momento de total apertura a los capitales transnacionales, que apoyandos por el Estado chileno, disfrutaron de enormes ventajas para enriquecerse en este país.

Capital nacional en flujo de salida versus capital internacional en flujo de llegada

Piñera y Lagos frente a frente. Piñera como abanderado de un empresariado que habiendo generado su acumulación originaria en Chile, sale ahora a conquistar el mundo. Lagos, en cambio, portero de un Estado que recibe a las concesionarias de carretaras, de constructoras españolas, sanitarias francesas,  Endesa, Telefónica, y las mineras, Barrick Gold, Escondida, Angloamérican, las que a cambio de un modesto y casi simbólico Royalty se les aseguró una invariabilidad tributaria hasta 2017.

La bandera de Piñera, que flamea en la Alameda representa la subordinación total de La Moneda al capital nacional. Para ellos se colocó alfombra roja y todas las depedencias del gobierno se transformaron en oficinas de promoción de negocios, en el mercado interno y en el mercado externo, por medio de una Cancillería reducida a una oficina comercial. Pero hay que recordar que a los inversionistas extranjeros no siempre les abrió de la misma forma la puerta. Piñera cambió el régimen tributario a las mineras luego del terremoto de 2010, y se atrevió a quitarle la aprobación a la termoeléctrica Barracones de la multinaconal franco-belga Suez Energy. Son variados los casos en los que no priorizó los intereses de los capitales foráneos por afanes de ganar popularidad o para proteger algún interés empresarial local.

El Centro Cultural de Ricardo Lagos refleja lo inverso. La Moneda también abierta, pero ante todo para un flujo de capital internacional globalizado al que se le garantizó las mejores condiciones de seguridad jurídica y bajos niveles tributarios, para lograr la más rápida rentabilidad. Especialmente ilustrativo resulta recordar la firma del TLC con Estados Unidos por su sentido geopolítico de alianza y vinculación estratégica y garantía para las inversiones norteamericanas. En su período se reorientó el gasto social para redestinarlo a subsidios en manos de oferentes privados a los que se concesionó la gestión de lo que eran antiguamente servicios públicos: en educación superior por medio del CAE y el mercado de las agencias acreditadoras, en la educación inicial por medio de las subvenciones, en transporte con el TranSantiago y las concesionarias de carreteras, en salud por el AUGE y en pensiones reforzando las AFP, permitiéndoles sacar sus utilidades del país e instaurando los “multifondos” con el engaño de la libre elección. Por medio de este diseño surge un capitalismo de servicios, orientado al capital transnacional que vive parasitando de los subsidios estatales.

Esta puerta ancha al capital externo queda reflejada por Francisco Fernández[1], ex Fiscal Económico nombrado por Lagos, que en febrero afirmó que el expresidente «fue permisivo en torno a las presiones que ejercieron los grandes consorcios transnacionales, particularmente, los de matriz española y que me tocó vivir y sufrir como Fiscal Nacional Económico», ya que que «hubo gente en su Gobierno que jugó un papel disfuncional a los roles de fiscalización del mercado, por eso terminé renunciando (…) era un juego de contradicciones insalvables, entre quienes queríamos que imperara la competencia, sin posiciones de predominio por parte de algunas empresas poderosas y, otros, que estaban en el juego de esas empresas muy pudientes». De allí que Fernández concluya que Lagos: “tiene compromisos muy serios con el poder económico y se necesita inspirar confianza en la independencia de los representantes políticos y esa independencia no está asegurada respecto de quiénes han favorecido en el pasado los intereses económicos que encarnan las empresas. Ricardo Lagos ha servido a los intereses de los empresarios, queda fuera de toda duda”.

Ambas formas de capital necesitan del Estado

Para El Mercurio es imposible escoger entre sus dos amores porque ambos se necesitan. A la vez los dos sectores necesitan controlar el Estado para conseguir un marco legal que les permita eludir la competencia y obtener toda clase de subsidios públicos. Ello no quiere decir que no exista pugna soterrada entre ellos. El capital que apoya a Piñera, con base en Chile, es mucho más conservador en materia cultural y en temas de la contingencia política interna. Su riqueza tiene como origen inmediato un proceso de acumulación por desposesión, logrado a través de las privatizaciones fraudulentas de las empresas monopólicas en dictadura. De allí su férreo pinochetismo a muerte. En cambio las transnacionales que apoyan a Lagos son mucho más “progresistas” en materia de política interna y en asuntos “culturales”. Al fin y al cabo se trata de empresas que tienen sus sedes matrices en Estados Unidos y Europa,  conducidas bajo la lógica de la racionalización estricta de las inversiones, por ejecutivos que ven a  Pinochet como una lejana anécdota histórica. Su vínculo con Chile es posterior a 1990. No es extraño que estas empresas financien generosamente iniciativas culturales, teatrales, artísticas y sociales, incluso de carácter crítico y contestatario.  Simplemente es parte de lo que las transnacionales asumen como sus programas de Responsabilidad Social Empresarial. Pero si se despejan estas variables, ambos tipos de capital aparecen como las dos caras de una misma moneda, capaces de convivir en armonía en un contexto de crecimiento, pero en pugna feroz en tiempos de estrechez y contracción, como los que vivimos ahora.

 

[1] “ExPdte. Ricardo Lagos: El mayor lobbista del capital español en Chile”, en ElMuro.cl Martes 16 de febrero de 2016